Nada literario por hoy, salvo mi carta al semanario El Civismo, de Luján.
Las elecciones legislativas llegan al país...algunos personajes me recuerdan malos momentos de mi infancia.
A quien leyere:
Me llama la atención que, en los tiempos que corren, caracterizados por un proclamado progresismo de sociedades políticamente correctas, las cosas nocivas que por años han existido de pronto cobran nueva importancia y lo que es mejor, se les coloca nombres maravillosos que suenan bien y maquillan un poco lo tremendo que describen.
Tal el caso del “bullying”, la tendencia vieja como la vida que consiste en patotear, unos chicos, a los chicos más indefensos, menos “lookeados”, menos iguales a los demás, menos todo. Suele ocurrir en las escuelas. A mí me pasó: tenía 9, 10, 11 años y grupos de chicas (no eran compañeras de curso sino mayores que yo) encontraban cómica mi poca atractiva estirpe de “nerd” (otra palabra importada: antes éramos tragas o simplemente “estudiosos”, en un matiz de mayor respeto), encima afeada por los anteojos y un aspecto que juntaba obesidad incipiente con tristeza. Como una “Patito feo” de hace tres décadas, pero ¡ay!, sin la suerte de ésta, que consiguió al menos nuclearse en una cofradía de Populares. Lo mío era insondablemente solitario.
Insultos, burlas, algún que otro empujón, gritos en plena calle a la salida de las clases con el fin de ponerme en ridículo. Lamento en especial un mediodía de 1979, cuando una compañera bienintencionada, con la que solíamos hacer juntas el camino a casa, fue golpeada cobardemente por mis victimarias, por la sola razón de haberse atrevido a caminar conmigo… Mucho no se podía protestar, después de todo gobernaba Videla –la ley y el orden estaban trastocados por naturaleza, y las víctimas a veces se convertían en culpables de su propia zozobra-, y estábamos en una institución religiosa, es decir que lo que una decía podía ser perfectamente usado en su contra. Hice algún tímido intento de denunciar los atropellos a las autoridades, pero constatando que salía peor parada que antes por desconocer las reglas de la diplomacia y porque, definitivamente, carecía del menor carisma, abandoné la empresa. Mi bullying-versión-criolla continuó varios años, hasta bien entrada la escuela secundaria.
Con el tiempo, quiso el destino, y no exclusivamente la vocación (los que me conocen de verdad comprenderán) que me convirtiera en docente. Elegí (esto sí fue una elección) trabajar con alumnos adultos. Lo que no significa que no haya incursionado en las aulas adolescentes de hoy. A diario miro, como tantas otras personas en la Argentina, que los chicos continúan agrediendo a los otros, tal vez con otros matices (antes le pegaban a las feas y sabihondas, hoy ¡a las lindas!); golpes al gordito, al discapacitado, al morocho, al rubio también. Pero ahora el bullying tiene prensa, se lo analiza, hay panelistas en TV que debaten sobre el tema.(Hace poco en Luján fue presentado un libro en el que su autor rememora aquellos días en los que sufría por ser “feo”).Hay también un día a día del bullying, facilitado por las filmaciones realizadas por los celulares de los propios estudiantes, complacidos en registrar tal trompada, tal patada, todo en detalle, de ser posible. (¿En 1979 me hubieran filmado con una cámara Súper 8? ¿Cómo difundirían las imágenes, si no había Internet? ¿En algún cine club?).
Llegan las elecciones de 28 de junio. Llegaron adelantadas. Miro las listas de candidatos y no me convence ninguna. Siempre fui demasiado original en mis gustos (¿herencia de aquel pasado nerd??), he votado gente que nunca ganó nada. No obstante, si empiezo a hilar fino, algunas figuras se salvan de mi duro juicio. No digo con esto que las votaría, pero no sé: las prefiero a otras, me imagino que tienen otras ideas, que deben ser más sinceros, más honestos. Me gustan los nombres que encabezan el partido. Recorro la boleta. Llego a los candidatos a consejeros escolares; eso me incumbe, veamos, a lo mejor me convencen, yo quiero creer…
Está ella. La que me insultaba, la que me empujaba. La que me decía “Mujer Maravilla” en solfa, porque sabía que me fascinaba el personaje de la tele, y cómo yo iba a pretender parecerme a semejante belleza…a una súper heroína… Está ella: ha obtenido el suficiente poder como para, mañana, representarnos en el Consejo. Yo soy docente. Yo no trabajo en Luján centro. Yo viajo de noche, estoy en escuelas suburbanas, en Moreno, yo no molesto en las escuelas céntricas, mucho menos en las privadas.
Me queda un sabor ácido porque resulta que aquello no fue una jugarreta de niños. Había toda una personalidad de mujer formándose en aquella niña burlona, toda una convicción, un ímpetu de poder, un afirmarse en la sociedad. Así como en mí hubo también un comienzo de camino difícil; desde aquí, hoy, lo veo como una metáfora de dos modos de ser. El triunfal, el que no se cruzó con negativas. Y el otro: destino de vivir sin simpatías, sin ayudas, sin palancas, sin conocidos influyentes. Me inquieta pensar que trabajará con las escuelas; ¿qué hará, que medidas tomará si un chico fuera el verdugo de otro más débil que él?
Me consuelo pensando: “treinta años no son nada”. Algunas cosas siguen sin cambiar. Me disculpo de antemano por una carta tan personal, que no lleva en absoluto la intención de criticar a ninguna plataforma política. Ha sido sólo un desahogo, en respuesta a una sorpresa.
MARÍA JOSEFA REMERSARO